Trampa, puritanos, pecadores, y la Biblia junto al calefón
Foto Mexsport
A raíz de las declaraciones públicas de Nacho Ambriz en el Cubogate, y del ataque del propietario de Chivas de Guadalajara sobre la moral deportiva del jugador, regañando de paso al entrenador, se volvió a poner en el tapete del mundo del fútbol el significado del fair play. Ahí comenzó una cacería de brujas de forma casi paranoica, y no hay nada más alejado de la verdad que el radicalismo, aunque este defienda la decencia.
Hoy gracias a los “paladines” de la buena fe, el fútbol se divide entre tramposos y honestos, no entre buenos y malos jugadores, buenos y malos técnicos, buenos y malos dirigentes, o buenos y malos periodistas.
Hoy salieron los extremistas a tirar bombas, los "dueños" de la pulcritud, poco menos que ubicando al joven delantero del rebaño en una cuarta e imaginaria cruz, entre Jesús y los ladrones. Y los tontos útiles, mejor llamados “inteligentes oportunistas”, los siguen de atrás con el bombo, a lo mejor, de rebote, ganan un poco de la credibilidad.
No queramos acercar lo que sucede entre cuatro líneas de cal, o entre cuatro piedras en el potrero, al concepto de “decencia” de la Madre Superiora. Hay gentes que con ligereza juzgan conductas ajenas, disparando piedras a las ventanas de los deportistas, olvidándose que tienen techo de cristal.
Cada cosa en su contexto, no caben en una oficina y detrás de un micrófono, todas las situaciones, emociones, alegrías y frustraciones, que se viven dentro del verde recinto, como no cabrían en él ni por asomo, todas la hipocresías de una oficina, o que algunos pueden decir al aire sin que se les mueva un pelo.
El alma del potrero ha sido a lo largo de los tiempos, el tubo de ensayo para el profesionalismo, ahí donde el jugador vive su primer y “salvaje” desarrollo, donde de la misma forma y a la misma vez, adquiere talento y costumbres.
Sin profesores, aprende primero a defenderse, luego a ofender, más tarde a pagar por ello, y por último a respetar, con códigos no escritos, que ahí nacen y ahí mueren.
Es trampa premeditada el arreglar el resultado de un partido, o quedarse mediante una dudosa maniobra con un Club, o pagarle de menos a un jugador porque su rendimiento no es el mejor y declararlo con orgullo en la prensa. Esa son las verdaderas trampas que deberíamos juzgar si queremos actuar de puritanos, sino, mutis por el foro, hablemos de fútbol y paremos el Quilombo.
Ese engaño es vil y traicionero, porque es razonado, cobardemente planeado, y llevado a cabo por gente “bien educada”, que decide el destino de terceros en la frialdad de un escritorio, con el tiempo y la inteligencia para darse cuenta de que a sabiendas están haciendo mal, eso es criminal.
Lo que pasa adentro de una cancha a 180 pulsaciones por minuto, donde la sangre se confunde entre asistir al cerebro, el musculo o el corazón, donde el hombre actúa reaccionado a un estimulo, donde el hecho no es razonado sino instintivo, eso no puede ser considerado trampa.
Pero esto solo lo entenderán aquellos que alguna vez se metieron en la cancha bajo toda esa presión, donde en el destino de cada jugada iba también el de su vida propia, y hasta el de su familia, no los que alguna vez soñaron estar ahí, y vuelcan toda esa frustración “matando” al deportista en desgracia, “endulzando” aunque más no sea por un instante, el amargo gusto de su fracaso de vivir.
Jamás aplaudiremos el error premeditado, ni haremos de su apología nuestra forma de informar y de conducta. Es bueno dejar en claro que fingir en un campo de juego no es la mejor y más ética forma de ganar, pero sin satanizar al infractor ni al hecho, no se enseña desde la descalificación o la humillación pública del joven; con el brazo por arriba del hombro debemos instruir a nuestros deportistas a actuar de otra manera, y a respetar el juego limpio.
Pero para eso primero debemos empezar por respetarlos a ellos, y tal vez cambiaremos su valoramiento de estas situaciones, sabiendo desde ya que no podremos cambiar sus reacciones instantáneas, habría que trabajar sobre el subconsciente del mismo, porque los hábitos fueron fijados de forma no razonada, y la “cura” debe ser en igual estadio síquico-emocional.
Sería imposible someter a los millones de jugadores desparramados por el orbe a esa terapia , no se puede insertar el mundo del terreno de juego a la común vida social, sería tan difícil sicoanalizar al potrero, como intentar jugar un picado a las doce del mediodía, en pleno Time Square.
El jugador desequilibrante y el fútbol verdadero son hijos del pedazo de pan en el bolsillo de atrás, de la calle cortada, del baldío. Ahí donde sus amantes se escapan del mundo real, como hacen los amantes de verdad, para tejer con gambetas y a la oscuridad de la vida, esos sueños que un día convertirán en realidad ante las grandes luces y a los ojos de todos, para gritar colgado del alambrado, un gol espectacularmente concebido, o uno de dudosa legalidad.
Se deben intentar cambiar los malos hábitos adquiridos por el jugador, pero para eso habría que matar primero sus causas, habría que acabar con esa forma de niñez que vive sorteando la injusta dificultad, donde si no desarrollan mañas tal vez no lleguen a adultos.

El 90 por ciento de los talentos, hoy en este mundo “rico”, “adelantado” y globalizado, siguen saliendo de las esferas más marginadas de la sociedad, principalmente de nuestra "pobre" parte del mundo, y es lógico que esto jamás lo puedan entender aquellos, que gracias a Dios, se criaron entre amigos de estómagos llenos.
Ojala que esta igualdad no esté lejana, que el "progreso" traiga más escuelas, comedores, casas dignas y tal vez menos baldíos, pero con ellos seguramente también desaparecerán los Messi, Pelé, Maradona, Enzo, Garrincha, Rubén Sosa, DiStefano, Zidane, o Suarez . Los genios, crecen esquivando dificultades y patadas, que les tira la vida misma desde el arranque de la jugada.
Debemos llegar a ser más transparentes sin que desaparezca la fantasía, al final esto es un juego, y el día que haya muerto la picardía, habrá muerto el fútbol arte.
“Dios bendiga al jugador”
Y el que haya jugado al fútbol alguna vez y esté libre de culpa………………………
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